Cuando el dolor ocupa todo el espacio
Hay algo particularmente impactante en trabajar el duelo por la muerte de un ser querido, especialmente cuando esa muerte ocurre después de una enfermedad.
Recuerdo a una de las primeras pacientes que atendí en terapia por un proceso de este tipo. En las primeras sesiones hablábamos de un problema de atracón de comida. Era una persona súper deportista y, de repente, había empezado a comer cantidades de comida y de papas fritas que eran completamente anormales en comparación con lo que había sido su rutina.
Más allá de la sesión de terapia, los dos sabíamos que había un elefante en la habitación: la muerte de un ser querido. En este caso, su madre.
Ambos éramos conscientes de ello. No hacía falta un diagnóstico ni un estudio para darse cuenta de que aquella pérdida tenía algo que ver con lo que estaba ocurriendo. Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta es poder entrar realmente ahí.
El atracón era, al mismo tiempo, una alarma y una pared. Una alarma que señalaba que algo estaba pasando y una pared que obstruía el acceso a aquello que realmente estaba detrás.
Hasta que, unas sesiones más adelante, llegamos al tema de su madre.
Y recuerdo sentir un miedo y una impresión enormes.Trabajar la muerte de una madre me pareció, en ese momento, algo inmenso. El dolor que había delante parecía infinito. Parecía demasiado grande como para llevar la vida. Y, curiosamente, incluso como terapeuta me sentí abrumado.Creo que esto también es importante reconocerlo. Porque, en parte, quizás así se sentía ella. Quizás eso era precisamente lo que hacía tan difícil acercarse a ese dolor: no parecía que hubiera una manera de abarcarlo.Así que en aquella sesión no intenté hacer demasiado. Me dediqué simplemente a estar ahí.A vivir esa hora de esa presión tan inmensa y permitir que ella pudiera abrir el grifo y experimentarlo.Y después ocurrió algo que me llamó muchísimo la atención.
En la siguiente sesión llegó muy feliz. Llena de energía. Muy diferente a como la había visto la semana anterior.¿Qué está pasando? De repente, aquella carga que parecía infinitamente inmensa había desaparecido. Yo no soy de llevarle la contra a los pacientes. Me gusta mucho acompañar desde el lugar en el que la persona está y respetar su experiencia. Pero había algo en aquella energía que me hacía pensar que necesitábamos mirar un poco más. Y lo que apareció fue un vacío. Mi hipótesis fue que, después de abrir aquel grifo, había salido muchísimo dolor. Durante aquella semana había llorado todos los días. Había soltado, y soltado, y soltado. Y después de haber sacado tanto dolor, apareció algo que hasta entonces había estado debajo de todo aquello. No había nada o al menos, eso era lo que ella sentía. Había un vacío inmenso, un vacío de identidad. Un vacío de no saber quién soy, qué me gusta, qué quiero o hacia dónde voy. Y entonces aparece una de las partes del duelo que más me impactan: el duelo no solamente es aprender a vivir con la ausencia de una persona. También puede convertirse en un proceso profundamente existencial. Cuando perdemos a alguien, no perdemos únicamente a esa persona. Podemos perder rutinas, proyectos, roles, formas de relacionarnos y partes de nuestra propia identidad que estaban construidas alrededor de ese vínculo. La pérdida puede obligarnos a preguntarnos cosas que nunca habíamos tenido que preguntar:
¿Quién soy ahora?
¿Cómo es mi vida sin esta persona?
¿Qué hago con todo lo que imaginaba que íbamos a vivir juntos?
¿Cómo vuelvo a relacionarme con el mundo cuando el mundo ya no es el mismo?
La psicología del duelo también reconoce esta dimensión. La pérdida puede afectar profundamente nuestro sentido de identidad y obligarnos a reconstruir significado y dirección después de que nuestra idea del mundo haya cambiado.
Por eso creo que el trabajo de duelo es sumamente transformador. Y también es sumamente doloroso. No es como aquella crisis existencial que quizás aparece a los 40 y te hace preguntarte si estás viviendo la vida que quieres. El duelo puede sentirse como una cachetada. Como un golpe que recibes de la vida y que te obliga a empezar a levantarte poco a poco. Y hay algo que creo que es importante decir: levantarse no significa volver a ser quien eras antes. Después de una pérdida, quizás ya no existe exactamente esa persona que eras.
Hay algo que se rompió.
Hay algo que cambió.
Y parte del trabajo consiste en empezar a construir una nueva forma de vivir con aquello que ocurrió. A veces pienso en el duelo como intentar sacar agua de un vaso utilizando solamente los dedos. Puedes sacar agua, puedes sacar mucha, puedes dejar que el dolor salga, llorarlo, hablarlo, sentirlo, compartirlo, pero nunca vas a conseguir vaciar completamente el vaso.
Y está bien.
Porque ese poco de agua que queda también representa los sentimientos que todavía tenemos hacia una persona que ya no está con nosotros. El objetivo no es olvidar, no es dejar de querer, no es conseguir que esa persona deje de importarnos.
Quizás el objetivo sea conseguir que ese vaso vuelva a tener espacio. Espacio para otras cosas, para nuevas experiencias, para nuevas relaciones. para nuevos proyectos, para una nueva forma de vivir, para una nueva forma de interactuar con el mundo, para poder seguir siendo nosotros, aunque ya no seamos exactamente los mismos, el duelo no consiste en vaciar completamente el vaso del dolor. Consiste en poder sacar suficiente agua como para que vuelva a haber espacio para la vida.
Y quizás esa sea una de las cosas más difíciles de comprender cuando estamos atravesando una pérdida: seguir adelante no significa dejar atrás a quien murió.
Podemos seguir viviendo y, al mismo tiempo, continuar teniendo un vínculo con esa persona. El vínculo cambia, pero no necesariamente desaparece. Por eso, cuando pienso en todos los procesos de duelo que he acompañado, hay algo que siempre me sorprende.
La fortaleza de las personas.
Siempre me impacta ver cuánto dolor puede soportar una persona y, aun así, cómo poco a poco comienza a levantarse. No porque el dolor desaparezca, no porque un día mágicamente deje de doler, sino porque empieza a encontrar una manera diferente de llevarlo y creo que espero no perder nunca esa admiración.
Porque trabajar con el duelo me ha enseñado que, muchas veces, ser fuerte no significa no romperse.
Significa poder sentarse frente a aquello que nos rompió, abrir el grifo, dejar salir el agua y, poco a poco, volver a hacer espacio para la vida.
Erik González Vogt.